Juventud

A cuarenta años de Mayo del 68
Vuelve el termómetro de la juventud


Las grandes jornadas de movilización de la juventud y los estudiantes, por norma general, se recubren de un aura de heroísmo romántico que, a primera vista, aparece difícil de explicar. El comienzo de sus luchas es presentado por los comentaristas superficiales, burgueses y pequeñoburgueses, como el producto desbordado de la generosidad idealista de quien no ha vivido lo suficiente para contaminar su espíritu con mezquindades financieras personales.
Las consignas generales, abstractas y hasta cierto punto inofensivas —históricamente consideradas—, que acompañan el comienzo de los ascensos juveniles, se exageran hasta elevarlas al nivel de un programa generacional capaz de sustituir los programas que las dos clases fundamentales de la sociedad contemporánea, la burguesía y el proletariado, han construido como las dos grandes alternativas económicas y sociales.
Pero ni bien la movilización juvenil se radicaliza e inicia el empalme con las luchas del proletariado, y las consignas caen del reino sublime de la utopía poética al mundo real de las demandas económicas y políticas concretas, esos mismos comentaristas arremeten contra los “excesos de violencia” y contra la “infiltración oportunista” de los partidos políticos revolucionarios y de los sindicatos. Fue lo que ocurrió en Francia en 1968 y es lo que está ocurriendo hoy en todas partes del mundo donde está renaciendo la lucha de la juventud.

Las causas comunes del ascenso
Lo que desconocen los comentaristas pequeñoburgueses y que esconden, concientemente, los burgueses es que, en últimas, las movilizaciones juveniles y obreras obedecen a causas muy profundas que les son comunes, así se den en escenarios y momentos diferentes, pero que, al persistir esas causas, al final terminan empalmando y coincidiendo.

Cuando se avecinan grandes acontecimientos sociales normalmente son la juventud y los estudiantes los primeros en ocupar las calles. Esto se debe —además del entusiasmo, la audacia y el idealismo que proporciona la edad, y que es innegable que existen— a que el grueso de la juventud que se lanza a la movilización hace parte, directa o indirectamente, del proletariado. Una parte son asalariados que prematuramente se ven obligados a trabajar y otra, la mayoritaria, son hijos de obreros, trabajadores, desempleados, inmigrantes, minorías raciales y campesinos que, golpeados por las crisis económicas, son obligados a menguar las ayudas a sus hijos. Cuando los ingresos familiares se reducen los primeros afectados son los jóvenes. Las mesadas –lo que los colombianos llamamos “las onces”— bajan, la calidad del vestuario –que es muy importante a esa edad— cae y el dinero para el esparcimiento y el compartir con los amigos desaparece.

Pero no es sólo la crisis familiar la que los afecta. La crisis general de la economía se ensaña de manera especialmente perversa con los jóvenes. Los primeros puestos de trabajo en reducirse son los ocupados por población joven. Los que no son despedidos deben aceptar la reducción absoluta de sus salarios y los que están estudiando son sometidos a la merma drástica de la calidad de la educación porque sus padres se ven obligados a cambiarlos de instituciones de buena calidad a otras de menos nivel pero de más bajo costo, o porque la calidad de la educación pública a cargo del Estado se derrumba cuando los gobiernos le sacan los recursos para destinarlos a negocios más rentables.

Sin trabajo, sin educación y sin perspectivas de vida los jóvenes se encuentran de pronto en medio de la lucha, después de soportar prolongados períodos de confusión, depresión y escapismo social. A ese nuevo momento, al de la lucha, es al que asistimos desde hace unos años en diversos países y continentes.

El nuevo ascenso
Cuando las ingeniosas pero abstractas consignas de “Seamos realistas, pidamos lo imposible” y “Prohibido prohibir”, por las que se movilizaban los estudiantes de París en mayo de 1968, se transformaron en demandas de alza general de salarios, de derrocamiento del gobierno del general Charles de Gaulle y en el llamamiento a la Huelga General para alcanzarlos, que incorporaron los sindicatos obreros al sumarse a la lucha, se hizo evidente que una crisis más global atravesaba al capitalismo francés.

El fin del boom económico de la segunda posguerra dio paso a la crisis crónica de la economía mundial y a un nuevo ascenso revolucionario. La revuelta estudiantil francesa replicó en México contra el gobierno de López Portillo y se extendió a Praga en el levantamiento de la población contra la burocracia estalinista checoslovaca. Fueron las primeras acciones de un proceso global que llevo a las revoluciones de Viet Nam en el 75 y de Irán y Nicaragua en el 79. Lo que empezó con la utopía juvenil de “la imaginación al poder” terminó en un nuevo intento por derrotar al imperialismo mundial.

Los enfrentamientos protagonizados en París en 2005, primero por los hijos de los inmigrantes árabes y africanos sublevados contra la miseria y la discriminación y luego por toda la juventud pobre del país contra los contratos basura “del primer empleo” —que pretendían legalizar salarios por debajo del mínimo para los jóvenes— inauguraron un nuevo período de ascenso juvenil que ya sacudió a Chile con la “revolución de los pingüinos” y que en Colombia se ha sostenido, con altibajos, desde 2001. Y, nuevamente, está poniendo de manifiesto que la crisis crónica del capitalismo corroe a toda la sociedad y que la clase obrera —superando todas las limitaciones organizativas y políticas actuales— hará presencia en la escena de la lucha de clases para unir sus fuerzas a las de la juventud, dirigir al conjunto de la sociedad y hacer un nuevo intento por destruir la explotación capitalista e implantar el socialismo.
N. Mosquera